CINE PALOMITERO DE LA SEMANA: IN BRUGES y LOS CRONOCRIMENES

In Bruges

brugesDebut cinematográfico del dramaturgo Martin McDonagh -cuya brutal El hombre almohada sigue girando por escenarios españoles en montaje del extremeño Teatro Noctámbulo-, Escondidos en Brujas corre tanto peligro de ser mal interpretada por una pura cuestión de mala (o equívoca) ubicación como su propia pareja protagonista: dos gánsteres irlandeses (Brendan Gleeson y Colin Firth), anclados en el centro de un limbo atemporal, la ciudad de Brujas, con el único deber de esperar y perder el tiempo, de ejercer de turistas a la fuerza mientras llegue la llamada que introducirá (o completará) la narrativa en esta situación entre paréntesis. 

La película de McDonagh se expone al riesgo de ser leída, pues, como un excéntrico ejercicio de tarantinismo, dejando fuera de cuadro su condición de premeditada, sutil y consecuente prolongación de un discurso creativo. McDonagh es uno de esos creadores capaces de coger en sus manos algunos arquetipos gastados por el uso y extraer de ellos una inesperada poesía.Escondidos en Brujas funciona, a la vez, comothriller heterodoxo, metáfora existencial y comedia onírica: el director juega con algunos de los temas recurrentes de su trabajo teatral (la culpa, la inocencia brutalizada, la existencia de luz en la tiniebla) para acabar articulando una historia fascinante de redenciones y cuentas (morales) cuadradas. McDonagh maneja humor, amenaza y patetismo con la misma delicadeza, mientras se suceden en la pantalla actores enanos, guiños a El Bosco, diálogos de oro, coreografías letales y juegos del azar. Todo ello sobre el telón de fondo de una ciudad de Brujas que pasa de chiste recurrente a antesala del infierno. Todo un logro.

Los cronocrímenes

los-cronocrimenesPuede parecer una afirmación exagerada, pero no lo es: Nacho Vigalondo ha hecho la primera película española genuinamente adscrita al género de la ciencia-ficción. Podría sonar como un chiste decir que Los cronocrímenes es la mejor película de ciencia-ficción en la historia del cine español, porque este debut no tiene modelos con los que batirse y / o medirse. Por eso es mejor mantenerse en los márgenes de la prudencia: el trabajo de Vigalondo nace de la convicción de que el género no se define a través de su iconografía, sino en su médula conceptual. 

Revisando Los cronocrímenes resulta tan fácil entender su poder de seducción fuera de nuestras fronteras -su trama es un rompecabezas que va articulando sus piezas con pasmosa precisión- como la perplejidad que suscita en algunos espectadores -Vigalondo parece jugar al vaciado de carisma, al distanciamiento y al humor minimal, helado y desconcertante-. A esta miniatura esquinada de viajes en el tiempo hay que darle, precisamente, tiempo, volver a ella para descubrir los matices de su juego, sus múltiples lecturas, entre la metaficción (su desmontaje de situaciones y arquetipos es soberbio) y la metáfora psicoanalítica (el héroe de la película construye y destruye su propia fantasía sexual para sobrevivir). Hay mucha tela (teórica) que cortar en Los cronocrímenes: lo mejor es iniciar la partida rindiéndose a su rara inteligencia.

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